Sí, señores, por más que intento buscar posturas en el espejo que minimicen el entuerto no hay manera de esconder lo ya evidente. La barrera de los 101 kilos ha hecho mella en mi persona, conviertiéndome en un animal de bellota de dimensiones descomunales. - ¡Es que eres muy grande! - llegan a decirme, pero el insulto queda oculto tenuemente en esas palabras que buscan la compasión.
De nuevo nuestro cerebro, nuestros instintos nos juegan malas pasadas. Si todos los putos días digo que será el último que me atiborre, que mire con lujuria desesperada cualquier trozo de alimento... ¿por qué coño sigo y sigo comiendo como un animal? ¿por qué estoy hartándome a sabiendas que minutos antes pensaba en la ensalada? ¿por qué cojones le pregunto a la señora del bar que si el plato que he pedido es lo suficientemente grande? ¿por qué después de pegarme el atracón de cena me levanto por mi vasito de horchata y mis dos yoghurts?
Luego terminas y el chip se desconecta y vuelves a caer en que has errado, vilmente desde luego, y te pones a hacer los cálculos para la próxima vez. Y si poniéndole un par te dedicas a, durante unos días, semanas, ¿meses?, comer menos... no te preocupes, tiene su final, y volverás a comer como un animal. Perderás todo tus esfuerzos en breves semanas y volverás a convertirte en un puto animal de bellota.
Es tan simple como que nuestro cerebro está adaptado a la escasez, como todos los animales. Y tener a despensa bien llena es un serio problema de conciencia, y para nuestra salud. comer mata, es evidente, y podría explicaros como. Todo lo que ingieras de más de lo que necesitas, te está destruyendo. Y sin embargo, nosotros empeñados en acabar como toros de miura.
Sé que te pasa lo mismo, y sí que es cierto que cuando varios individuos se ponen un objetivo (y lamentablemente por nuestra competitividad innata) es más difícil caer en la desidia.
¿Me ayudas? Yo sólo no voy a poder.
He dicho.